Antiguo hospicio apenínico en el límite entre Emilia y la Toscana, lugar de descanso para los peregrinos medievales a lo largo de las vías de tránsito de montaña, hoy custodio de un pequeño museo etnográfico.
En la cresta apenínica que separa Emilia-Romaña de la Toscana, a 1525 metros de altitud, se alza San Pellegrino in Alpe: un asentamiento de apenas unas decenas de habitantes que durante siglos representó uno de los nudos más transitados de toda la red viaria medieval del Apenino. El passo delle Radici (paso de las Radici), que aquí alcanza su punto más alto, era recorrido por los caminantes que seguían la vía Bibulca, uno de los ramales de la Francígena que unía la llanura padana con Lucca y, más allá, con Roma. El hospicio que vigila este paso está documentado con certeza desde 1110, aunque su origen se sitúa probablemente hacia 1071, año en que Beatriz de Lorena —madre de Matilde de Canossa— fundó pocos kilómetros más abajo la abadía benedictina de Frassinoro. San Pellegrino formaba parte integrante del sistema de control, acogida y comunicación que los Canossa habían construido en estos territorios.
La construcción original ofrecía a los caminantes comida, fuego y cama durante tres días: una institución de hospitalidad regulada, no una simple parada de fortuna. El clima de la cresta hacía peligroso el paso durante buena parte del año —históricamente se calculan hasta ocho meses de nieve— y la presencia de un refugio organizado era condición necesaria para la supervivencia del tránsito. En torno al hospicio se fue formando con el tiempo un pequeño núcleo habitado, dividido administrativamente entre la provincia de Módena y la de Lucca: una bipartición que aún hoy define el estatuto singular del lugar, suspendido entre dos regiones y dos culturas apenínicas distintas.
El santuario dedicado a los santos Pellegrino y Bianco custodia una tradición hagiográfica local de notable arraigo. Según la leyenda transmitida en las comunidades de la zona, los dos santos se enfrentaron al diablo en la cresta en una batalla física, y el golpe asestado por San Pellegrino fue tal que hizo girar al demonio tres veces sobre sí mismo. Este relato ha dejado huella en la toponimia del territorio: las llamadas Sassi del Diavolo (Piedras del Diablo), formaciones rocosas a lo largo del recorrido llamado Giro del Diavolo (Vuelta del Diablo), aún hoy se señalan como el escenario de aquel encuentro. La leyenda pertenece a esa corriente de relatos en los que lo sagrado y el paisaje físico se superponen hasta volverse indistinguibles, y en los que la montaña misma se convierte en documento de una historia que no ha encontrado otra forma de transmisión.
El museo etnográfico instalado en la antigua estructura reúne objetos de la vida campesina y pastoril del Apenino modenés y de la Garfagnana: herramientas agrícolas, utensilios domésticos, testimonios materiales de una economía de subsistencia que ha habitado estas laderas durante siglos. La colección no aspira a una completitud enciclopédica, pero devuelve la medida concreta de una existencia organizada en torno a la nieve, el bosque, el pastoreo estacional. Es en este sentido que el hospicio de San Pellegrino in Alpe sigue cumpliendo, de forma distinta, la función que tenía en la Edad Media: ofrecer un punto de descanso y de orientación a quien atraviesa la cresta.
Giorgio Galeotti · CC BY 4.0 — Wikimedia Commons
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