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La basílica románica de San Simplicio, en el corazón de Olbia, es uno de los edificios de culto más antiguos de Cerdeña y custodia restos paleocristianos de gran valor. A menudo pasada por alto por los visitantes de paso hacia la Costa Esmeralda, es un punto de partida para explorar la historia prerromana y romana de la Gallura.
Olbia es, en la percepción común, un puerto de tránsito, el punto donde se desembarca para llegar a otro lugar. Y sin embargo, en su centro histórico, a lo largo de la calle que lleva el nombre del santo al que está dedicada, se encuentra una de las arquitecturas medievales más relevantes de la Cerdeña septentrional: la basílica de San Simplicio, erigida entre los siglos XI y XII en granito local, con esa sobriedad constructiva que caracteriza al románico sardo en su forma más coherente.
La iglesia está dedicada a Simplicio, considerado el primer obispo de Olbia y mártir bajo el emperador Diocleciano, hoy patrono de la diócesis de Tempio-Ampurias y de la ciudad misma. Su historia institucional atraviesa casi un milenio: catedral hasta 1839, luego rebajada a parroquia en 1955, recibió en 1993 de Juan Pablo II el título de basílica menor. Pero es la historia material del edificio la que revela la medida de su complejidad. Las investigaciones arqueológicas realizadas con método estratigráfico han identificado cinco fases constructivas distintas —no tres, como se creía anteriormente— que documentan una transformación progresiva: desde la planta original de tres naves con cubierta de madera y cuatro pares de arcos, hasta la introducción de las bóvedas de cañón en las naves laterales, la elevación de la cubierta, el alargamiento de la nave con el desplazamiento de la fachada, hasta la disposición de una torre campanario que llevó el frente a la posición actual. Cada fase se puede leer en la piedra, para quien sepa dónde mirar.
El interior conserva inscripciones y sarcófagos paleocristianos que atestiguan una cristianización de la zona de Olbia que se remonta a los primeros siglos de la era común, en un territorio que ya lleva las marcas de estratificaciones mucho más antiguas: nurágicas, púnicas, romanas. La Gallura no es una región de historia sencilla, y San Simplicio recoge algunas de sus huellas más antiguas en forma construida. El granito gris de las paredes, la luz que entra medida por las estrechas aberturas, la proporción de las naves: todo remite a una idea de espacio sagrado que no busca el efecto sino la permanencia.
Lo que llama la atención, observando los flujos turísticos que atraviesan Olbia cada verano en dirección a la Costa Esmeralda, es la distancia entre el peso histórico de este edificio y la atención que recibe. No es una cuestión de accesibilidad: la basílica se encuentra en el corazón de la ciudad, a poca distancia a pie de la estación y del puerto. Es más bien una cuestión de mirada —o de prisa. Quien se detiene encuentra un monumento que no necesita escenografías externas para justificar la visita.
Clemensfranz · CC BY-SA 4.0 — Wikimedia Commons
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